Limoges

número redondo, entrada 250 de blog. Bueno, no es más que una anécdota y no es esta efeméride la que me ha llevado a escribir la entrada, simplemente, me he dado cuenta al empezar a escribir.
Llevaba tiempo sin contaros nada y es que, si soy sincero, tampoco es que haya habido grandes cosas que reseñar. Todo lo que os podría contar cabe en un grano de arroz. Todo menos lo que he vivido este fin de semana. Si nos situamos en el jueves pasado, el fin de semana se presentaba de lo más normal, tranquilo, sin planes, relajado. Una visita familiar a Lyon cambió los planes y me dirigió, tras una invitación, a hacer la mochila y marcharme a Limoges. Esta tierra, situada en el centro de Francia, sólo destaca por su porcelana y por sus vacas. Como anécdota os diré que los coches llamados "limusinas" reciben ese nombre de las vacas originarias de la región francesa de Limousin, de la cual es capital Limoges. Tanto si hablamos de unas como si hablamos de los otros estamos hablando de lujo y de grandes dimensiones, es por ello, que una cosa sirve para nombrar a la otra.
El caso es que además de pasear por Limoges, tocar con la punta de mis dedos Poitiers, degustar una exquisita tarte Tatin y una no peor quiche Lorraine casera, tuve tiempo de ir a correr. La invitación, a la que tampoco me podía negar, me llevó al Bois de la Bastide próximo al Zenith de Limoges. Allí, en el aparcamiento, atamos las bicis a un poste y comenzamos nuestro entrenamiento. Éste consistía en dar dos vueltas de seis kilómetros y medio cada una de ellas. Desde el principio vi que iba a merecer la pena. Según nos adentrábamos en los caminos del bosque la experiencia resultaba más gratificante e interesante. Gigantescos árboles, subidas, bajadas, giros a izquierda, a derecha... todo resultaba perfecto para correr. Incluso la temperatura, la cual era más bien fresca (sobre los 8 grados). Tras la primera vuelta decidí intentar hacer yo sólo la segunda, aún a riesgo de confundirme entre todos los posibles caminos. Aumenté el ritmo, perdí la compañía de mi ¿primo? y comencé verdaderamente a disfrutar. De hecho, disfruté tanto que me desorienté y me perdí. De repente me encontraba en un punto por el que ya había pasado y que nunca debería haber vuelto a ver. La medida que tomé fue andar lo andado y regresar al punto en el que había realizado el último giro sospechoso. Una vez allí, para no arriesgar más, pregunté a un corredor veterano cómo llegar al aparcamiento: "todo derecho", me dijo. "Vale", le contesté, pero si no le importa voy con usted. A esto último me contesta: "yo no puedo ir más rápido, tengo problemas en un pie". "Tranquilo, no pasada nada, su ritmo está bien". Y así llegué al aparcamiento. Me despedí del señor, comencé mis estiramientos y al de unos minutos llegó mi ¿primo? Al final, casi una hora y cuarto de carrera por el bosque. Fue un gran día, de las mejores salidas que he hecho.

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